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Tus ojos miran más allá de lo tangible, te observo tratando de leer tu rostro, pero es inútil, sólo obtengo especulaciones y conjeturas. Sé que te refugias en lo irreal porque no te es suficiente este universo irremediable, más que dolor, encuentras soluciones apócrifas y miras tu reflejo en esos seres que vencen porque alguna vez fueron derrotados.
Sólo tu lo sabes.
¿Qué más me puedes decir de tu soledad?
¿Cuántas lágrimas derramaron tus ojos infantiles?
Cuánto dolor que no me pertenece.
Después de haber mordido el miedo
y tragado su misterio
sé que la oscuridad se acerca
para desgarrarnos en silencio.
Seremos condenados a un abismo sin fin
traicionados por nuestra propia luz,
esta vez no habrá resurrección.
La incertidumbre se nos ha clavado como una daga
nuestros pétalos se desangran
hacia una tempestad en donde las flores no cicatrizan.
Nos hundimos en un demonio
cada vez más profundo
sin testimonios
sin arrepentimiento;
penetramos en este túnel sin sombras,
cielo eterno que agoniza,
donde nada puede salvarnos
si somos los culpables del crimen.
Nuestra caída me atormenta
no puedo escapar de mi conciencia
sólo quiero abandonar esta fosa de cenizas
y hallar el sepulcro etéreo en donde un día transitamos,
saber dónde se encuentra el ángel sombrío
que descendió una noche para hacerme renacer.
Llévame al reino sin dueño
a la tierra de las sombras
donde la sangre ansía
recorrer los cuerpos;
cúbreme con el velo de tus ojos
y adentrémonos en esta fosa en llamas.
El viento galopa sobre nosotros
la noche se hace presente
proclama su poder esclavizándonos
desgarrando nuestra piel
poseyendo nuestras almas
en una ofrenda de unidad sagrada.
Ahógame en el desierto
entierra el sol con tus manos
y esconde la luz dividida.
No importa donde estamos
si el olvido anidará en nuestra conciencia al final
ahora somos este miembro palpitante
dentro de una bestia que emerge y agoniza.
La fuerza de tu boca me indica la verdad oculta
lo que el mundo esconde despierta en la flor de tus labios
sus oscuros pétalos se abren para disipar las sombras
para despojarme de la incertidumbre
para invadirme con su poder sagrado.
Busco tu boca, el grito que me otorgaron tus labios, el eco que permanece sobre mi boca. Busco la espina de una flor libada entre las sombras, y la liberación de sangre desnuda por sus pétalos.

Sólo encuentro la reminiscencia que me asiste al caer el día, cuando los ojos de la noche se abren para fulminar con sus astros de fuego. Palpo en la memoria, cadáveres de humo inundan el letargo, mis dedos atraviesan el velo de tu alma, en donde sucumben y renacen mis deseos.

Quiero extraviarte en mi abismo, perderme contigo, responder a nuestros sentidos hasta el final de este juego mortífero. Descender hasta llegar al fondo de nuestros cuerpos inconstantes, enterrar las heridas de la oscuridad dentro de la luz fragmentada.
¿Cuál es tu origen, sombra caída?
Tu cadáver vive sobre mi piel todavía
como un estigma de cruel devenir.
¿Es tu voz la que me llama?
¿es una palabra malvada tu promesa?
¿o es la muerte deseada?
Qué principio necesito si me basta con tu boca
sabio recinto que me abarca
redención mutua, abismo que socava.
Como dos pequeñas serpientes extraviadas
o como la conquista de algún paraíso oculto.
Como una batalla entre guerreros místicos.
Como la redención final de los cuerpos.
Desciendes levemente
como una llama que muere y renace,
vienes y entre tus manos
tomas las cenizas que deshacen
y recrean este juego olvidado.
Hablemos sobre la propuesta no revelada aún
en la que secretamente hemos pensado:
Esa tregua de sangre,
perfume extensivo a muerte
que penetra en nuestras almas.
Me basta sólo con las palabras
que sean necesarias
para inferir este acuerdo mutuo.
El tiempo, aunque efímero
nos es suficiente para comenzar
este juego mortífero,
este incendio de ceniza y flores.
Dibujaste tu vuelo sombrío
desde la cúpula nocturna sobre este abismo.
Contemplé tu silueta de cristal
quebrantada ya por ángeles caídos
procedentes de infiernos que me eran desconocidos.
Descendiste levemente, te posaste a mi lado,
en silencio se cerraron mis ojos con tus manos.
La noche nos incendia desde posiciones remotas,
en nuestras pupilas se reflejan sus alas de fuego
mientras mi alma inhala estas horas nocturnas.
Condúceme a tientas, errante noctámbulo
tu esencia pura me redime del cielo
y me ahoga en los torrentes de plata ardientes.
Esto es el momento de nuestra muerte
el momento en que las palabras callan
y sólo escuchamos nuestros pensamientos
una ardua reciprocidad
y la ausencia de motivos.
No sé si quiero renacer contigo
o aprender a morir sin ti.
Tus pupilas argénteas se derraman lacónicamente sobre este silencio intermedio; el vacío de las palabras que existieron a veces desangra mis venas abiertas. Tu alma inmediata me parece desconocida hasta que vuelves a mirarme en triste confusión, quisiera pero ya no puedo responderte, el mutismo sin causa me abstrae otra vez, no me atrevo a volver a verte...ya no sé cómo.
Tu presencia remota ha permitido la recreación del universo resumido en mi existencia. Mis párpados se abren ante un mundo que renace a partir de la inquietud del fuego que te ha forjado; cuántas luces de artificio, cuantos abismos antes de tu encuentro.

Perece lo ordinario para dar lugar a ese caos que eres tú, silueta arrodillada sobre sus propias cavilaciones, cúmulo de ondulaciones pueriles, ojos que se saben fastuosos, glorificados por esa coronación de rizos sombríos.

Ahora puedo decir que cada vez me aproximo más al borde que divide este sentimiento de vida efímera de la obstinación a los delirios inasequibles. Me acercas ala oquedad en que te ves envuelto, ese vacío en el que tornas la muerte real y haces más tangible la dimensión de la perpetuidad.
I
Un ángel orlado de negro me visita,
su luz fúnebre ahonda en mi mente
noche a noche, de sol a sol;
¿quién soy sin su tiniebla de cielo?
¿a dónde voy sino al abismo suyo?

Mis dedos, ya nocturnos, buscan su vacío
tocan su espacio, ansían sus alas.
Llamaradas de fuego deja a su paso
cenizas con que cierro mis ojos
heridas que abrió con su espada;
¿a dónde partió aquella tarde ausente?
No hago sino buscar despojos suyos
descubro que sus huellas se han borrado de mi piel
vaho de cristal sin sangre
beso de flor encendida en mi sien.

En senderos de lumbre abrazo sus pasos
incendio mis manos con su tierra,
respiro su aliento lunar.

Maldición que llega de un desconocido lugar,
ser abandonado, hijo del crepúsculo
creador del cielo y del infierno,
huyó hacia el instante escondido
para reencarnar las sombras olvidadas
¿acaso éste ángel no fue también una sombra?

Bestia caída que busco a tientas
luz mortal que me conduce a ciegas
espero su visita
y la eternidad que me mostró bajo sus alas.

II
Lú…
La salvación emerge. Suele llegar cuando uno menos lo espera, de la manera más inesperada, cuando parece ser más necesario; corrompe con su oscuridad trastornando lo que parecía reivindicarse. Es un renacimiento que nos regresa a la anterior sepultura, y advertimos que también es la causa de nuestra efímera decadencia:redención que se torna condena. ¿Cómo expulsarnos del edén infernal en el que ahora nos encontramos suspendidos?
Nos abstraemos extasiados hacia lo indefinido, oscilamos instintivamente para reanudar lo que quedó inconcluso. La oscuridad nos ilumina apaciblemente mientras el dolor se transmuta en sedante. Ahora parece que las dimensiones del tiempo se alteran conforme ahondamos en el abismo que es nuestra resolución, levitamos dentro de un letárgico silencio que se vuelve eterno, a través del cual comenzamos a comunicarnos, un mutismo más explícito que las propias palabras. En cualquier momento el sonido nos fulmina, nuestras pupilas se contraen al abrir los ojos, la na…