Súbita ausencia en que te miro, ya no hay pupilas que me devuelvan la memoria. Te miro, desnudo el filo de tu luz, apenas sobre mis labios renace la muerte. Exhalas círculos de humo, geometría intangible que me conduce hacia tu boca, donde aspiro lentamente con la vaga intención de retenerte en mi organismo. Abro mis párpados y descubro la cadencia atípica de tus ojos oscuros, torrente, tempestad de pestañas, guardianas de tus tristes reflejos. Dejo de mirarme en tus ojos para comenzar a escucharte. Contigo no existe el silencio, tú eres la palabra, el sonido que no sabe cómo morir. Ahora sólo soy tu voz, sólo el lenguaje de tu cuerpo. Contigo sólo soy, sólo dejo de ser.
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Nada en tu ser me parece real no encuentro tu fin dentro de mí. Tus ojos van más allá de la creación ola etérea, sol oscuro sombra en la que desnudo mi reflejo. Y tus labios de luz escondida descubierta sólo por quien los absorbe, tornan la materia inmortal cuando uno es presa de su abismo. Tus manos podrían ser dioses eternos redentores sobre mi cielo, sagrado contacto fatal con tu limbo inmaculado como destino. Pero sólo tus palabras son capaces de devolverme lo tangible abren mis ojos para hallar tú caos que es el origen mismo de lo verdadero.
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Este es el primer insomnio que me causas. Un cúmulo de preguntas sin respuesta. Una espera que parece eterna. Una de esas veces en que me parece que lo estoy perdiendo todo, pero sólo se trata de ti. Hace unos meses ni siquiera te conocía, mis pensamientos no eran tuyos, ni mis días ni mis noches. Pero el ayer no es el ahora, y hoy eres una idea constante en mi cabeza, eres la noche sin sueño y esa duda en la garganta. También se que el ahora no es el mañana, y para mi alivio, tal vez todo deje de ser lo que es para convertirse en un simple recuerdo. Nada es necesario. Eso lo sé, o más bien es lo que quiero creer ahora. No eras necesario hace unos meses, no tienes porque serlo ahora ni nunca. Simplemente apareciste en mi vida, no sé porque motivo, no me importa; y ahora sólo lamento saber que no encontraré a nadie que se parezca en lo más mínimo a ti. Porque no quiero buscar, porque sé que sería inútil, porque personas como tú hay pocas, y porque el universo sería atípicamente b...
El desorden de mi espíritu
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"Terminé por encontrar sagrado el desorden de mi espíritu" Arthur Rimbaud El desorden de mi espíritu: corpóreo, tangible, humano, tú. ¿Cómo podría no ser sagrado? Sacro, puro, mío. ¿Realmente podría este desorden no serlo? Si esta inestabilidad tiene nombre y alma, si este desorden es consecuencia de tu propio espíritu. Terminé por encontrarte sagrado, por ser la deidad en que no creía, por ofrendarte mi vacío, por saberte origen de mi caos.
A nada, a nadie
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"Quizá no me vaya nunca. Soy cobarde. Pero en todo caso, no quiero unirme a nada, a nadie. Ni si quiera a ti. Por lo menos quiero estar libre para tener ilusión de que puedo irme en cualquier momento" Francisco Umbral Saber que la unión no es tan profunda como para ser un motivo y entonces quedarme. Saber que en realidad no me he unido a nada, porque puedo irme a pesar de esa supuesta unión. Saber que esas palabras son ciertas: "insensible y valemadrista"; las escuché y las tengo presentes, porque sé que son verdad, porque no puedo comprobar lo contrario. ¿He perdido mi calidad de humano? ¿He llegado a reducirme a la simple animalidad? ¿En qué momento dejé de ser capaz de creer en el móvil en el que todos creen? Lo peor es que no me importa una vida más allá de mí, sin compenetrarme, sin dar más de lo que pueda controlar. Esto soy, esto ha hecho el tiempo de mí. Un ser que a pesar de sus inequívocas intenciones ha preferido permanecer estático; ...
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Tus ojos miran más allá de lo tangible, te observo tratando de leer tu rostro, pero es inútil, sólo obtengo especulaciones y conjeturas. Sé que te refugias en lo irreal porque no te es suficiente este universo irremediable, más que dolor, encuentras soluciones apócrifas y miras tu reflejo en esos seres que vencen porque alguna vez fueron derrotados. Sólo tu lo sabes. ¿Qué más me puedes decir de tu soledad? ¿Cuántas lágrimas derramaron tus ojos infantiles? Cuánto dolor que no me pertenece.
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Después de haber mordido el miedo y tragado su misterio sé que la oscuridad se acerca para desgarrarnos en silencio. Seremos condenados a un abismo sin fin traicionados por nuestra propia luz, esta vez no habrá resurrección. La incertidumbre se nos ha clavado como una daga nuestros pétalos se desangran hacia una tempestad en donde las flores no cicatrizan. Nos hundimos en un demonio cada vez más profundo sin testimonios sin arrepentimiento; penetramos en este túnel sin sombras, cielo eterno que agoniza, donde nada puede salvarnos si somos los culpables del crimen. Nuestra caída me atormenta no puedo escapar de mi conciencia sólo quiero abandonar esta fosa de cenizas y hallar el sepulcro etéreo en donde un día transitamos, saber dónde se encuentra el ángel sombrío que descendió una noche para hacerme renacer.
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Llévame al reino sin dueño a la tierra de las sombras donde la sangre ansía recorrer los cuerpos; cúbreme con el velo de tus ojos y adentrémonos en esta fosa en llamas. El viento galopa sobre nosotros la noche se hace presente proclama su poder esclavizándonos desgarrando nuestra piel poseyendo nuestras almas en una ofrenda de unidad sagrada. Ahógame en el desierto entierra el sol con tus manos y esconde la luz dividida. No importa donde estamos si el olvido anidará en nuestra conciencia al final ahora somos este miembro palpitante dentro de una bestia que emerge y agoniza.
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Busco tu boca, el grito que me otorgaron tus labios, el eco que permanece sobre mi boca. Busco la espina de una flor libada entre las sombras, y la liberación de sangre desnuda por sus pétalos. Sólo encuentro la reminiscencia que me asiste al caer el día, cuando los ojos de la noche se abren para fulminar con sus astros de fuego. Palpo en la memoria, cadáveres de humo inundan el letargo, mis dedos atraviesan el velo de tu alma, en donde sucumben y renacen mis deseos. Quiero extraviarte en mi abismo, perderme contigo, responder a nuestros sentidos hasta el final de este juego mortífero. Descender hasta llegar al fondo de nuestros cuerpos inconstantes, enterrar las heridas de la oscuridad dentro de la luz fragmentada.
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¿Cuál es tu origen, sombra caída? Tu cadáver vive sobre mi piel todavía como un estigma de cruel devenir. ¿Es tu voz la que me llama? ¿es una palabra malvada tu promesa? ¿o es la muerte deseada? Qué principio necesito si me basta con tu boca sabio recinto que me abarca redención mutua, abismo que socava.
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Hablemos sobre la propuesta no revelada aún en la que secretamente hemos pensado: Esa tregua de sangre, perfume extensivo a muerte que penetra en nuestras almas. Me basta sólo con las palabras que sean necesarias para inferir este acuerdo mutuo. El tiempo, aunque efímero nos es suficiente para comenzar este juego mortífero, este incendio de ceniza y flores.