lunes, julio 25, 2011

Tus pupilas argénteas se derraman lacónicamente sobre este silencio intermedio; el vacío de las palabras que existieron a veces desangra mis venas abiertas. Tu alama inmediata me parece desconocida hasta que vuelves a mirarme en triste confusión, quisiera pero ya no puedo responderte, el mutismo sin causa me abstrae otra vez, no me atrevo a volver a verte...ya no sé cómo.
He abandonado tu oscura presencia
beldad extraña. voz subterránea
halo de sangre nocturna.
Flamean los astros sobre tu cuerpo sombrío
mientras yo contemplo con ansia el abismo.
Tu presencia remota ha permitido la recreación del universo resumido en mi existencia. Mis párpados se abren ante un mundo que renace a partir de la inquietud del fuego que te ha forjado; cuántas luces de artificio, cuantos abismos antes de tu encuentro.

Perece lo ordinario para dar lugar a ese caos que eres tú, silueta arrodillada sobre sus propias cavilaciones, cúmulo de ondulaciones pueriles, ojos que se saben fastuosos, glorificados por esa coronación de rizos sombríos.

Ahora puedo decir que cada vez me aproximo más al borde que divide este sentimiento de vida efímera de la obstinación a los delirios inasequibles. Me acercas ala oquedad en que te ves envuelto, ese vacío en el que tornas la muerte real y haces más tangible la dimensión de la perpetuidad.

miércoles, julio 20, 2011

I
Un ángel orlado de negro me visita,
su luz fúnebre ahonda en mi mente
noche a noche, de sol a sol;
¿quién soy sin su tiniebla de cielo?
¿a dónde voy sino al abismo suyo?

Mis dedos, ya nocturnos, buscan su vacío
tocan su espacio, ansían sus alas.
Llamaradas de fuego deja a su paso
cenizas con que cierro mis ojos
heridas que abrió con su espada;
¿a dónde partió aquella tarde ausente?
No hago sino buscar despojos suyos
descubro que sus huellas se han borrado de mi piel
vaho de cristal sin sangre
beso de flor encendida en mi sien.

En senderos de lumbre abrazo sus pasos
incendio mis manos con su tierra,
respiro su aliento lunar.

Maldición que llega de un desconocido lugar,
ser abandonado, hijo del crepúsculo
creador del cielo y del infierno,
huyó hacia el instante escondido
para reencarnar las sombras olvidadas
¿acaso éste ángel no fue también una sombra?

Bestia caída que busco a tientas
luz mortal que me conduce a ciegas
espero su visita
y la eternidad que me mostró bajo sus alas.

II
Lúbrica muerte del atardecer,
indómito refugio de nuestro abandono
que nos atrae al encuentro sepulcral.

Oscuras flores no entregadas caen de nuestras manos
renacimiento prometido por su voz alguna tarde.

¿A dónde me diriges triste fiera?
Tu tierra apagada ya no me espera,
¿a dónde vamos?
No ocultes mis ojos con tus manos,
no caves una fosa para nosotros.

Con tu canto subterráneo brotan ritos cardiacos
las aves enmudecen y te miran agonizando,
asesino de natura, acabaste con nuestro único testigo
eterno testimonio del delirio por el que fuimos poseídos.

¿Qué es lo que queda' ¿qué nos dejamos?
Nuestro propio ocaso ya no importa,
hemos abandonado la embarcación maldita.

La gloria nos condena aun efímero deleite,
tinieblas que ofrecen una guerra de sangre.
Abrimos nuestras venas, nos rendimos en silencio
para establecer la tregua que esperamos sin deseo.

Laberinto de símbolos donde sigo tu rastro
incierta redención que no encuentra fin.

III
Descubro antiguos ritmos que despiertan en mi memoria,
torrente sonoro en el que tomaste vida
antes de emprender el vuelo sobre mi sombra.

Cuando el sol se apague y las máscaras se desvanezcan.
Cuando el cielo carmesí sea parte de nuestro naufragio.
Será entonces cuando este sacrificio tenga algún significado.

Ahora nos retiramos bajo un designio indefinido,
dispuestos a esperar la voz del tiempo.

Como una luz reptante iluminas mi cadáver,
como quien mira dentro de sí me atraviesan tus pupilas
y tus dedos de humo abrasan mi mano.

Ídolo perdido algún amanecer
solitario navegante del cielo y de la tierra
lentamente te percatas
de que tu búsqueda ha resultado un retorno fragmentado.

Yo soy tu norte y el camino destruido
aquí están mis palabras ingrávidas
astros que arden te esperan sobre el cielo
fantasmas de un alma liberada,
restos de mi universo.
Nada más que este caos puedes obtener,
voces nocturnas, heridas frías,
un corazón abierto.

Esta vez nada me dice tu silencio
me convence de ocultarme lejos de tu incendio.

IV
¿Qué hiciste conmigo, diabólico orador?
Tus palabras me enterraron en lo hondo de tu alma,
me arrojaste aun mar de fuego con tu voz en mi oído.

Declamas tu infortunio y tus inocentes anhelos
cantas a lo intangible los desórdenes de tu existencia.

Cuando derramas tus palabras sobre mis sentidos
la redención se ensombrece,
los límites de la salvación parecen extenderse.
No calles, no te quedes en silencio
no me dejes morir esperando escucharte
no pretendas que este mutismo es nuestro lenguaje
bien sabes que tu voz es mi sangre.

Arcángel rebelde, adorador de la luna,
que en su místico reino te posee.
Las puertas del cielo se cierran ante ti.
Príncipe desamparado:
¿Levantarás tu poderío sagrado
sobre este purgatorio terrenal?

Sabes que sólo la noche te otorga el perdón
y la aurora te acusa de crímenes quiméricos;
entonces recitemos nuestras letanías
a la diosa del cielo nocturno, dueña del ardor estelar
que sin cavilaciones te concede su trono.

Soberano de las sombras superiores
desde tu cúpula me observas impasible
consumiéndome hasta el momento
en que nuestro sueño eterno resucite.

martes, julio 19, 2011

La salvación emerge. Suele llegar cuando uno menos lo espera, de la manera más inesperada, cuando parece ser más necesario; corrompe con su oscuridad trastornando lo que parecía reivindicarse. Es un renacimiento que nos regresa a la anterior sepultura, y advertimos que también es la causa de nuestra efímera decadencia:redención que se torna condena. ¿Cómo expulsarnos del edén infernal en el que ahora nos encontramos suspendidos?

Nos abstraemos extasiados hacia lo indefinido, oscilamos instintivamente para reanudar lo que quedó inconcluso. La oscuridad nos ilumina apaciblemente mientras el dolor se transmuta en sedante. Ahora parece que las dimensiones del tiempo se alteran conforme ahondamos en el abismo que es nuestra resolución, levitamos dentro de un letárgico silencio que se vuelve eterno, a través del cual comenzamos a comunicarnos, un mutismo más explícito que las propias palabras. En cualquier momento el sonido nos fulmina, nuestras pupilas se contraen al abrir los ojos, la naciente luz sustituye a la penumbra, revelando el caos externo a la propia redención.